La enfermería del Convento del Santísimo Rosario había llegado a ser
un hospital. Allí Martín atendía a los religiosos enfermos y a los
que traía de fuera para prodigarles sus cuidados, porque lo que más
curaba era la excesiva atencion, su cariño consolaba y aquel vivir
día y noche pendiente de los que sufrían. Como si tuviera un timbre
en el corazón acudía hacia el enfermo que lo necesitaba, sin hacer
esperar un momento. A veces parecía cosa milagrosa cuando llegaba
atendiendo el deseo interior de un enfermo.
Don Rodrigo Meléndes, padre del Presbiterio Andrés Meléndes, cuando
hallábase recluído de sus clientes en el Convento, le vino una grave
erisipela en una pierna. Los dolores se hicieron tan intensos que
dijo entre sí una noche: ¡Cómo tuviera a la mano un poco de agua!
La llamada no fue en vano, pues a los pocos instantes entré en su
cuarto Fray Martín, estando la puerta cerrada por dentro. Tomó un
poco de agua y con ella bañó la pierna dolorida. A los pocos
minutos, los dolores habían desaparecido.
Don Rodrigo, admirado por la visita de Martín le interrogó: Hermano,
¿cómo habéis ingresado aquí? Y Fray Martín dejando a un lado el
socorro, le respondió: “Yo tengo mi modo de entrar” y al momento
desapareció.